Siempre he tenido una relación especial con la poesía. Al margen de considerarla una de las artes más sublimes, sinceras y difíciles, la poesía siempre ha representado y significado las cumbres más altas de la sensibilidad humana.
En algunos casos, roza la divinidad, como los inigualables versos de Rumi y los haikus de Basho. En otros, la sublimación del sentir de nuestra especie, como los cantos a la vida de Walt Whitman, o los abismos del dolor humano de Vallejo, o la sensualidad de Anaïs Nin, o la brillante cotidianeidad de Marco Martos o Luis Hernández. En otros, se solaza en lo descarnado, brutal y hasta procaz, como los versos de Baudelaire y de Bukovsky, o de Ginsberg y los poetas de la generación beat, que por más que sean de culto y tener una riqueza increíble por su calidad literaria, confieso que no son los que más me emocionan, porque por algo que no me he preocupado en descifrar, siempre me ha interesado más el arte que logra alquimizar la fealdad, la rutina de lo cotidiano, el desamor y todo lo que no es agradable, y lo convierte en belleza, en algo digno de leer y admirar.
Hay mucho arte que consume basura y que sigue hablando de basura, dejando una sensación mayor de desánimo. A unos les fascina y está bien, cumple su objetivo porque es para ese público. En mi caso, siento que me conmueve más hablar de atmósferas que de aullidos: la sensación después de leer la última palabra es la que define el poema.
Esto que escribo lo pensaba mientras leía muy a gusto el poemario de Franco Chico Colugna, “Canción continua – Sesión de Estaciones”, que trasmite a mi gusto, lo que considero que la poesía significa: belleza, nostalgia, elegancia, erotismo, pasión, búsqueda, transformación….
Sin sordideces existencialistas,sin pretensiones rebuscadas, es muy asequible en la complicidad coloquial que genera su ritmo. Igualmente, es muy agradable la eufonía de sus versos pareados, así como el recurso de cerrar cada poesía con una frase en cursiva, que se repite en mayúsculas como primera línea del siguiente poema. Este paso cíclico, que se repite como un leit motiv de todo el poemario, acentúa la continuidad de la lectura en coherencia con el título, lo que sumado al concepto de repasar las cuatro estaciones del año con detalles como empezar en otoño, genera un sutil metalenguaje que hace entender al texto como algo orgánico; recurso que Cortázar llevó al extremo con Rayuela, donde el orden numérico generaba otro sentido al texto al incluir el factor tiempo de una manera magistral.
Disfruten este paseo por el alma de Franco Chico Colugna, a quien le envío nuevamente mis mayores felicitaciones por un trabajo que considero de gran nivel. Ojalá pueda colocar todo el poemario en un blog, y así llegar a más personas, especialmente a los nativos digitales que cada vez están más alejados del romance que generan los buenos libros…

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