El exorcismo.
El exorcismo
No recordaba su vida sin ella. Fueron amigos desde pequeños,
desde aquellos tiempos en que solían salir a jugar en su polvoriento barrio juegos
ya perdidos en el olvido. Él y otros niños peloteaban y jugaban con canicas, mientras las niñas jugaban liga, yaxes y vóley con una pelota medio desinflada.
Ella le gustó siempre. Su carita bronceada, sus ojos marrones, su voz fresca y juguetona. Su sonrisa era un agujero negro en el que solía perderse sin remedio. Y ella correspondía a sus atenciones, pero nunca dejaba un espacio como para que pase nada entre los dos. Siempre hubo cercanía, pero nunca hubo nada más… ni un beso ni una caricia comprometedora. Tal vez a ella no le gustaba su delgadez, o sus facciones huesudas…él no era atractivo para ella. Cuando fueron creciendo, la brecha se hizo mayor. Ella entró a estudiar a un instituto para ser estilista, y él nunca pudo estudiar más que la escuela secundaria. Y así como fue siempre fiel a su amor adolescente, fue también fiel al único trabajo en el que no le pidieron mayores estudios: un chifa de barrio, cuyo menú de 6 soles era muy solicitado porque era más contundente que los de la competencia.
Ella le gustó siempre. Su carita bronceada, sus ojos marrones, su voz fresca y juguetona. Su sonrisa era un agujero negro en el que solía perderse sin remedio. Y ella correspondía a sus atenciones, pero nunca dejaba un espacio como para que pase nada entre los dos. Siempre hubo cercanía, pero nunca hubo nada más… ni un beso ni una caricia comprometedora. Tal vez a ella no le gustaba su delgadez, o sus facciones huesudas…él no era atractivo para ella. Cuando fueron creciendo, la brecha se hizo mayor. Ella entró a estudiar a un instituto para ser estilista, y él nunca pudo estudiar más que la escuela secundaria. Y así como fue siempre fiel a su amor adolescente, fue también fiel al único trabajo en el que no le pidieron mayores estudios: un chifa de barrio, cuyo menú de 6 soles era muy solicitado porque era más contundente que los de la competencia.
Él vivía en media cuadra, y ella en la esquina. La vio llegar
mil veces en diferentes autos, que la dejaban en horas tardías. Qué importaba
si eran sus amigos o sus amantes, lo mismo daba. Él se cansó de jurarle su amor, pero sólo
recibió negativas acompañadas de una sonrisa tierna que lo terminaba de hundir.
Fue peor, porque se obsesionó más con ella. Con sus miradas condescendientes, dulces
aunque lejanas. Con sus besos inexistentes. Con sus gemidos imaginarios cada
vez que hacía el amor. Él fantaseaba en sus noches solitarias que era el amante
de turno y que la dejaba en su casa, ebria,
después de haber hecho en un motel todo lo imaginable con ella, quien era ahora una mujer de 28
años, hermosa y atractiva, con un cuerpo esbelto y a la vez voluptuoso que
hacía voltear las miradas no solo masculinas. Él nunca dejó de ser delgado. “Flaco
y misio”, se decía a sí mismo, aunque nunca le faltó el dinero para ayudarla.
Porque si había una relación entre ambos, era económica. Él fue su banco, su
hospital y su parroquia. Siempre estaba allí para apoyarla, para escucharla y para prestarle
algo de lo poco que podía ahorrar porque ella fue siempre más importante que
sus propias necesidades. Y ella, sabiendo eso, usó su amor muchas veces para
picarle pequeños préstamos, desde pocos soles para sus pasajes a algunos
billetes para completar sus facturas de teléfono. Aunque más de una vez él
acabó pagando el recibo completo, siempre con la promesa incumplida que en
pocos días ella le devolvería lo prestado.
Pero un día las cosas llegaron al límite. Un día ella lo
buscó llorando, para pedirle unos soles por milésima vez. Él se había puesto
algo serio, aunque le partía el alma verla llorar. Se juró no prestarle un sol
más, aunque viéndola tan vulnerable la abrazó. Sintió el paraíso al tocar con
su cuerpo magro el cuerpo suave y fragante de ella. El largo abrazo que le dio lo hizo
confirmar cuál era el límite de su obsesión, más aún cuando ella rechazó luego las
caricias que inconscientemente empezaron a escapar de sus manos. Entonces en un
segundo comprendió todo. A él le gustaba ella, pero no su vida. No le gustaba
su mundo, sus mentiras, su manera de vivir. Amaba su cercanía, pero detestaba
ese segundo en el que ella sutilmente se alejaba para no dejarlo avanzar, y
comprendió en un vislumbre que no era recato sino rechazo. Y entendió el
conflicto entre su mente y su corazón. La primera la odiaba, el segundo la amaba, y se imponía a su
razón. Una noche con ella, supo, era el exorcismo que necesitaba. Se dio
cuenta que ella no lo amaría nunca, y él se había resignado a ello, pero
reconocía al menos lo que pasaba: el
amor puro que había guardado tantos años, se había diluido y había cedido al
deseo, a ese deseo complementario pero que ahora solo lo sentía animal, puro y
llano deseo carnal. Se sintió usado, engañado tantas veces en una espiral que no tenía fin. Y para mantener la rutina, rompió una vez más su promesa, y le dio el dinero que
necesitaba, y se quedó sin nada. No pudo pagar sus recibos y le cortaron la luz
por varios días, y en esas noches
oscuras, acompañado apenas por las
sombras alargadas de una vela, maldijo su actitud y su debilidad una vez más. Y
decidió cortar todo de raíz.
Había querido la fortuna que le coja cierto afecto un tipo al que le servía la mesa y que acudía regularmente a ese chifa de mala muerte a hacer negocios, con seguridad turbios, con enigmáticos personajes a los que solía entregar gruesos fajos de dólares. En realidad, era el único cliente que le dejaba propina, en ocasiones muy generosa, así que decidió también sincerarse y hacer negocios con él. Le buscó conversación, y horas más tarde amontonaban cervezas vacías en la sucia mesa de un bar cercano.
Algunas semanas después, ella lo buscó, y antes que empiece su nueva historia de necesidades económicas, él le contó que había entrado en sociedad con un amigo adinerado y que ahora el dinero era su menor problema. Y le contó también, que por fidelidad al dueño del chifa, seguiría trabajando de mozo unos días más hasta terminar su contrato.
Algunas semanas después, ella lo buscó, y antes que empiece su nueva historia de necesidades económicas, él le contó que había entrado en sociedad con un amigo adinerado y que ahora el dinero era su menor problema. Y le contó también, que por fidelidad al dueño del chifa, seguiría trabajando de mozo unos días más hasta terminar su contrato.
Ella se alegró por él, y le pidió un préstamo una vez más,
jurándole que se lo iba a devolver. Él sonrió complaciente, sabiendo que esa
historia se repetía una vez más sin cambio ni devolución alguna. Y le dijo que
en la noche iba a cobrar una suma importante, que si deseaba, después de su
turno podían ir a cenar y allí le daría el dinero.
La invitó a cenar a un restaurante caro, tan caro que
ninguno de los dos supo cómo comportarse. Al pagar le enseñó en su maletín un
grueso paquete de dólares. Los ojos de ella brillaron. Es mi ganancia, le dijo,
puedo hacer lo que quiero con ella. Puedo invertirla, regalarla o quemarla,
alardeó. Mejor regálamela, dijo ella,
sonriendo, y él amó otra vez esa sonrisa encantadora y esa mirada coqueta que
achicharraban sus hormonas desde que era un adolescente.
Vamos a un hotel y nos tomamos un vinito, dijo él; Tengo enamorado, dijo ella. Él sabía que eso no era problema para ella, ya que la fidelidad nunca fue su especialidad. No me importa, dijo. Solo deseo una noche contigo, y te juro que te doy este fajo de dólares. Podrás hacer lo que quieras con él, y no me deberás nada, ¿Y ya no me insistirás de nuevo en estar más conmigo?, dijo ella. Nunca más, juró él.
Vamos a un hotel y nos tomamos un vinito, dijo él; Tengo enamorado, dijo ella. Él sabía que eso no era problema para ella, ya que la fidelidad nunca fue su especialidad. No me importa, dijo. Solo deseo una noche contigo, y te juro que te doy este fajo de dólares. Podrás hacer lo que quieras con él, y no me deberás nada, ¿Y ya no me insistirás de nuevo en estar más conmigo?, dijo ella. Nunca más, juró él.
La luna sonreía en la noche como un gato de Cheshire cuando encontraron un hotel. Conversando
de mil cosas en la cama, se tomaron una botella de champagne que surtió el
friobar de la habitación. Salud, dijo él
chocando su copa por tercera vez con ella, salud,
respondió ella mirando su reloj. Él sacó el grueso fajo de dólares, y lo abrió.
Es para ti, le dijo, todo es para ti, y empezó a lanzarlos sobre el cuerpo de ella, que retozaba riendo
juguetona. Cuando tenía el fajo por la mitad, se acercó a ella y empezó a besarla.
Ella se dejó hacer.
Le desabrochó las sandalias, restregando dólares en sus pies descalzos, mientras ella reía excitada por las cosquillas y los billetes. La desvistió completamente,
saboreando cada segundo. Y ella otra vez fue la mujer perfecta, la de la sonrisa
encantadora, la de mirada coqueta y voz embriagadora, exhalando su aroma
salvaje con el que él emborrachó sus manos, sus labios y su cuerpo, pero ya no
en sus lúbricos sueños sino en la realidad, cuando por primera vez pudo tocar
esos senos perfectos, esos pezones durísimos y ese vientre terso y tibio, que
respondía juguetón a cada beso y a cada caricia.
Ella apagó la luz y se olvidó de él, de su cara huesuda, de sus pantorrillas delgadas, de sus manos frágiles y sus dedos largos que nunca le gustaron. Y cerró los ojos y se abandonó al placer, que en el momento final es el mismo cuando la oscuridad oculta los prejuicios. La noche fue larga para dos almas pletóricas de deseo, que fue saciado muchas veces entre billetes aplastados por el peso de sus cuerpos desnudos.
Miénteme que me amas, aunque sea una sola vez, suplicó él mientras la penetraba, te amo, mintió ella gimiendo sin mayor esfuerzo.
Ella apagó la luz y se olvidó de él, de su cara huesuda, de sus pantorrillas delgadas, de sus manos frágiles y sus dedos largos que nunca le gustaron. Y cerró los ojos y se abandonó al placer, que en el momento final es el mismo cuando la oscuridad oculta los prejuicios. La noche fue larga para dos almas pletóricas de deseo, que fue saciado muchas veces entre billetes aplastados por el peso de sus cuerpos desnudos.
Miénteme que me amas, aunque sea una sola vez, suplicó él mientras la penetraba, te amo, mintió ella gimiendo sin mayor esfuerzo.
Poco antes del amanecer, él cumplió otra fantasía tantas
veces soñada: dejarla ebria en su casa luego de hacer el amor, despertando la
envidia de algún vecino trasnochado. Y aunque
no fue en un auto propio ni ningún vecino ni transeúnte fue testigo de su
hazaña, tuvo el detalle de llevarla a su casa en un taxi de empresa, luego que
ella revisó varias veces si no quedaba algún billete prófugo entre las sábanas
arrugadas. Cuando llegó a su cuarto, se acostó en su camastro saboreando el
recuerdo de las horas pasadas… el perfume barato de ella aún impregnaba su
cuerpo y pensó con una sonrisa, que no se bañaría en mucho tiempo para no dejar
de oler su aroma. Con la pasión saciada después de muchos años, puso su
despertador a las 11 de la mañana y se durmió.
A las 10 y 06 minutos, sonó la llamada que
esperaba.
Hola, dijo bostezando, ¡Oye
maldito! , gritó ella, ¡estos dólares son falsos!, No te oigo
bien, dijo él, ¿qué dices?, Los dólares son falsos,
volvió a gritar ella fuera de sí. ¿Falsos?, Sí,
falsos.
Como tu amor, dijo
él cortando la llamada. Y se dio la vuelta para seguir durmiendo un rato más. A
las 11 tenía que estar de nuevo en el chifa friendo wantanes.
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